jueves, 13 de octubre de 2016

¿Quién regula la información sobre salud que se emite en los medios de comunicación y en las redes sociales?

No puede discutirse que la ignorancia es un importante factor de riesgo para la salud. Que una buena cultura sanitaria en la población es un elemento de gran importancia tanto para mantener la salud como para gestionar la enfermedad, es algo avalado por la literatura científica en las últimas décadas.
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Un ejemplo claro puede ser los casos de difteria por falta de vacunación, que han reportado serias consecuencias para niños cuyos padres han tomado decisiones importantes para su salud sin disponer de una información adecuada.
Otra de las muestras de mayor presencia en la información sanitaria es todo lo referente a la alimentación, estando sometidos a una lluvia de información que nos inunda con datos cada vez más dispares y controvertidos, haciendo buena la frase de que lo que es bueno hoy es malo mañana.
Sin embargo el nivel de cultura sanitaria, al menos en nuestro país, ha dejado mucho que desear en los planes de educación a nivel escolar, siendo bajo el porcentaje de personas que son capaces de distinguir entre lo que es una vena o una arteria (por poner un ejemplo trivial).
En este contexto las redes sociales y las noticias exprés en los medios orales o escritos, se ha erigido en paladines de la educación sanitaria, luchando por llevar al oyente/lector la última noticia sobre salud, sin analizar la magnitud y veracidad de la misma, y sin valorar la capacidad de quien la recibe de distinguir lo importante de lo superfluo.
A lo largo de los recientes lustros han menudeado noticias sobre falsos trabajos que encontraron una relación entre la vacuna trivalente y un mayor riesgo de padecer autismo, el fraude de las células madre de Hwang Woo Suk (publicado en la revista Science), los falsos artículos del médico noruego Jon Sudbo sobre el cáncer de boca (uno publicado en Lancet), estudios sobre la respuesta de la leucemia a las citoquinas con datos falsos por Friedhelm Herrmann y Marion Brach, los falsos estudios sobre la obesidad y envejecimiento de Eric Poehlman (más de 200 artículos publicados durante dos décadas).
Estos casos han supuesto incluso el engaño a algunas de las mejores revistas científicas del mundo, en alguna ocasión, a pesar de sus estrictos métodos de selección de los artículos publicados.
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¿Es procedente que la información sanitaria se transmita a través de los medios de comunicación de masas?.
Una noticia que recientemente ha aparecido publicada es la existencia de una vacuna para el SIDA.
Sí, usted lee eso, y no va a pensar que no es verdad. De hecho asimilará esta información de una forma simple, teniendo en cuenta el aspecto positivo que además la refuerza.
Pero ¿está usted capacitado para analizar la noticia pasándola por un mínimo tamiz crítico?
Bajo ese titular, lo que se esconde es que en 2016 comienza el primer ensayo clínico de una nueva vacuna  terapéutica que imita la respuesta inmunitaria que en algunas pocas personas es capaz  de inhibir el virus sin tomar medicación.
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Pero de aquí a disponer de un arma terapéutica contrastada va un largo camino.
¿Es ético transmitir esta información a la población general cuando cabe la posibilidad de que el ensayo no alcance un final exitoso?.
¿Y entonces qué?
Además de todo ello, la información está salpicada de una profusa información sobre la respuesta inmunitaria de nuestro organismo con términos como mutación, virus, linfocitos T CD8, genética, antirretroviral, pandemia. Ello refuerza sin duda el carácter científico de la noticia, pero no se ha transmitido la información básica para poder comprenderla.
¿Qué es un ensayo clínico?
Los ensayos clínicos controlados son necesarios para la autorización de un medicamento, y se entiende como tales estudios clínicos en cuatro fases (I, II, III y IV).
  • Fase I: Constituye el primer paso en la investigación de una sustancia o medicamento nuevo en el hombre, proporcionando información preliminar sobre el efecto y la seguridad del producto en sujetos sanos.
  • Fase II: Se realiza en pacientes que padecen la enfermedad. Tiene como objetivo proporcionar información preliminar sobre la eficacia del producto, establecer la relación dosis-respuesta del mismo, conocer las variables empleadas para medir eficacia y ampliar los datos de seguridad obtenidos en la fase I.
  • Fase III: Son ensayos destinados a intentar reproducir las condiciones de uso habituales, realizándose en una muestra de pacientes representativa de la población general a la que irá destinado el medicamento.
  • Fase IV: Son ensayos clínicos que se realizan con un medicamento después de su comercialización.
Además estos ensayos exigen solicitudes de autorización dirigidas al Comité Ético de Investigación Clínica o a la Agencia Española de Medicamentos y productos Sanitarios (AEMyPS).
Quizás entiendas ahora mejor, que la noticia sólo habla de un medicamento que está en fase de validación, y que hasta que culminen al menos las tres primeras fases (posiblemente alrededor de 2 años) no se dispondrá de una información veraz sobre su utilidad o no.
Cambia bastante ¿no?.
Entonces ¿podemos considerar a los medios de comunicación como agentes de salud?
¿Es proporcional el interés de la población hacia la salud al incremento de noticias y espacios destinados a temas de salud en los medios?
Sí, soy consciente de que todos estamos protegidos por la Constitución, en lo que se relaciona con el «Derecho a la información veraz por cualquier medio de difusión», igual que el derecho a la Protección de la Salud, y que el temor a la pérdida de la misma es uno de los elementos que más preocupa a nuestros conciudadanos.
Sin embargo no debemos dejar de lado que si hace unas décadas la información llegaba sobre todo a través del médico, hoy en día esta información llega, de manera mayoritaria a través de las redes sociales y a través de programas dedicados a la salud en los medios de comunicación.
El problema fundamental de estos medios, cuando informan sobre la salud, es que pueden caer en el sensacionalismo con facilidad, o cuando menos en conclusiones erróneas sobre lo que se intenta transmitir.
Y siendo graves las anteriores, aún considero de mayor gravedad la excesiva simplificación de la información sanitaria, que puede dar lugar a la creación en la población de falsas expectativas sobre revolucionarios tratamientos.
Esto aspectos antes mencionados, han conducido al rechazo del medio audiovisual por gran parte del personal sanitario, al verse incapaces de participar en programas divulgativos por la dificultad de simplificar la información hasta un punto que pueda ser fácilmente entendible, sin cometer errores en la transmisión de dicha información.
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Por otra parte este exceso de información sobre temas de salud (que manía le tenemos los médicos en general a Google) condiciona en ocasiones la relación médico-paciente, al disponer éste de demasiada información, en ocasiones incorrecta, y mal comprendida la mayor parte de las veces, que supedita una oposición al criterio del médico al afrontar la prevención o el tratamiento de las enfermedades.
Si entendemos que la relación médico–paciente se basa fundamentalmente en la información, como va a sustentarse la misma si está cimentada, en estos casos, en una información obtenida a través de los medios de comunicación o redes sociales de una forma sesgada.
Pero hay que asumir cuanto antes que SI NO PUEDES CON LA RED, ÚNETE A ELLA. Cada vez son más los compañeros que, como yo, reconducen al paciente hacia las direcciones donde consultar en la red la información sobre su enfermedad. Por lo menos que consulten algo científico y no páginas de charlatanes. Yo por costumbre paso mi consulta con el ordenador conectado a internet, utilizándolo como un medio de información, a través de sus imágenes y textos que comparto con mis pacientes y que me permiten ser más didáctico.
Todos estos condicionantes antes expuestos han generado, con seguridad, que la relación prensa – profesionales médicos haya despertado recelo entre estos últimos hasta el punto de hacer que los médicos se sitúen a la defensiva cuando participan en entrevistas sobre asuntos médicos, en los medios de comunicación. En ocasiones, experiencias primeras en las que el periodista no se hubiera ceñido escrupulosamente a lo hablado en una entrevista, ni utilizara en la redacción los mismos términos científicos y médicos, han condicionado una gran reticencia a comunicar temas de salud los médicos. Es preciso tener en cuenta que el periodista trabaja con dos importantes restricciones: el tiempo de respuesta y el espacio disponible para plasmar la información, y ambas se confrontan de forma visceral con las características del trabajo del médico que precisa de tiempo y espacio para reflejar sus conocimientos con exactitud.
Esa concreción a la que está obligado el periodista le exige resumir, decidiendo incluir parte de la información y omitir otra por considerarla de menor valor, lo que puede ser mal entendido por parte del personal sanitario.
Nos queda un largo camino para conseguir que la información sanitaria huya de lo llamativo, de lo experimental y de los populista, para dirigirse a lo validado, útil y con amplia repercusión en la población general.

Ojalá lo consigamos.

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